Hoy en Argentina es el día
previo a un nuevo aniversario por nuestra Independencia. Por lo tanto, podrán
imaginarse que es un miércoles casi viernes, lo cual permite tomarse estos
momentos pacíficos para escribir algunas líneas.
La historia de hoy no es ficción
y está basada en hechos reales. Es una historia que está creada con mucho
potencial, que tuvo un fuerte altibajo, pero que está lista para seguir
adelante, con mucha más potencia que en el arranque.
Hace varios años, aunque no
tantos, trabajaba en atención al público de un banco. Avenida Corrientes y San Martín,
pleno Microcentro porteño. Estaba superando el año desde mi ingreso al banco y
de lidiar todos los días y durante cinco horas con clientes. Muchos de los que
me conocen saben que tengo mucha paciencia, pero considero que todos en algún
momento dejamos de ser pacientes. Esta situación suele darse particularmente cuando
los momentos en los que uno trata de tener paciencia comienzan a repetirse.
Suena feo, ¿no? El mismo cliente que siempre viene a pedirte la misma ayuda
luego de haberle explicado en reiteradas oportunidades con mucha amabilidad y
dedicación cómo realizar cierta transacción. O aquel que se acerca con una
problemática que tal vez no se puede resolver en lo inmediato, pero aún así vos
tenés que estar ahí porque sos la cara visible de la organización. Con estas
situaciones y con estos argumentos me sentaba con mi líder de aquel momento a
plantear un pase interno a una posición que no estuviera relacionada con
atención al público. Luego de aquel día, los días pasaban y los meses pasaban.
Surgían algunas propuestas, pero eran bastante híbridas y dilatadas en el
transcurso del tiempo.
Llegó el verano. Recuerdo
estar en una pileta climatizada del otro lado del charco (vacaciones en
Uruguay). Solo. Eran cerca de las 20 hrs. Comenzaba a anochecer. Recuerdo un
edificio cercano a esa pileta que, en su terraza, tenía una luz parpadeante que
cambiaba de colores todo el tiempo. Si recuerdo el orden de los colores, sería
una persona demasiado detallista. Tranquilos. No los recuerdo. En ese momento en
el que estaba solo, la cabeza te invita a la reflexión. Pensás en lo que
sucedió, y en lo que está por venir. Y también pensás en tu futuro laboral, aunque
estés de vacaciones. La cabeza no se desconecta tan explícitamente aunque estés
de vacaciones. El banco no me proponía una alternativa en lo inmediato. La atención
al público estaba comenzándome a pesar. Leía muchas búsquedas (antes de las
vacaciones) en las que uno de los requisitos que siempre predominaba era el
dominio del idioma inglés. En todas las búsquedas se encontraba inglés a la
orden del día. Mi inglés era lo que aprendí en la secundaria. Uds sabrán qué
tan básico es. En aquel tiempo, hablaba mucho con P y definimos anotarnos
juntos en los cursos súper económicos que brinda la Secretaría de Extensión Universitaria
en la Facultad de Medicina de UBA. Llegó el día en que íbamos a saber sobre los
días y horarios. P estaba en la lista y yo no. Tal vez ese destino al que uno
muchas veces se refiere no quería que comenzara inglés en Fmed.
Previo a tomar la definición
de Fmed, habíamos hecho con P un estudio de campo de otras alternativas. El
camino en ese momento era que no lo hiciéramos juntos. Llegó el día después.
Estaba muy enojado conmigo mismo. No estaba gestionando acciones que me
hicieran lograr lo que tenía ganas de hacer. Esa misma tarde salí de la
sucursal. Me habían rotado. Estaba en Avenida Corrientes y Uruguay. Comencé a
caminar. Algunas cuadras. Hasta llegar a la sede Centro del Centro
Universitario de Idiomas, en la calle Junín. Fui a hacer el examen de
nivelación y ese mismo día me anoté. Era un poco pretensioso. Quería estudiar
cerca de casa, así que me anoté en la sede Agronomía, pero había un problema…
las clases en Agronomía eran los martes y… ¡ese día era martes! Las clases
arrancaban a las 18 hrs y eran las 18:15 hrs. Los que me conocen saben que no
iba a resistirme en perder la primera clase de inglés y arrancar la próxima. Me
tomé el subte, luego el tren y luego caminé toda Agronomía hasta la sede donde
tenía las clases. Me miraron un poco raro cuando entré tanto tiempo después.
Estaba contento de haber llegado.
En el banco había logrado que
me “promocionaran”. Tiempo después comenzaba a trabajar en Control de Gestión.
En CDG, los horarios no eran iguales que en la sucursal y no pude para siempre
mantener los martes en Agronomía. Sin embargo, quería seguir cursando cerca de
casa. Después de un año de cursada… me anoté los sábados. Recuerdo esa primera
clase de sábado… cuando entré estaba K ahí. Todavía compartimos grupo de
Whatsapp con ella. Unos minutos después entraba un masculino (parezco policía),
flaco y con lentes de sol. Y arrancó a hablar en inglés. Era el profesor…
Algunas clases después nos
enteramos de que nuestro profesor era actor. ¡y nos quería invitar a una de sus
obras de teatro! A la primera no pude ir (lamenté no haber ido), pero en la
segunda estuvimos presentes un montón de nuestro grupo de inglés, y también de
otros grupos de inglés del CUI. Con C quedamos fascinados y, en las siguientes
clases de inglés, empezábamos a jodernos con que teníamos que abrir el telón y
subir al escenario. En lo personal, tuve teatro durante un año en la escuela
primaria. Y mi rol era leer las frases “entre telones”. ¿Vieron esas frases en
off en las que se cuenta una pequeña parte de la historia y luego salen los
personajes? Así de triste era mi rol en teatro de primaria. Tal vez la “seño”
de aquel momento no me veía mucho futuro. Yo tampoco estaba muy convencido. De
más pequeño participaba en todos los actos escolares (todos participábamos),
pero estaba llegando a la edad en la que me empezaba a dar vergüenza. Algo que
suele ser normal cuando arrancás esa período pre-adolescente.
Profe de inglés actor.
Habíamos ido a su obra. De a poco comenzábamos a imaginarnos detrás del telón y
enfrente de mucha gente. Porque soñar es lindo. Comenzaban unas nuevas
vacaciones de verano y nuestro grupo de inglés estaba un poco apagado. Los que
me conocen ya saben que no tuve mejor remedio que activarlo. Fanático de los
after office y de ver gente, no iba a faltar oportunidad para vernos con el
grupo de inglés, que se encontraba un poco abandonado. Definimos como punto de
encuentro un bar de la zona de Agronomía. Seguro lo conocen… tiene sucursales
en lugares tantos. Se llama “Rotterdam” y lo extraño una banda. No estoy
preparado para soportar otra pérdida.
Días antes de esta salida que
comencé a contarles, comenzamos un diálogo más cercano con C y retomamos
nuestra ferviente idea de comenzar teatro juntos. Los que me conocen saben que
me gusta poner fechas de comienzo a los proyectos, dado que si no hay fecha de
comienzo, el proyecto no se concreta. Entonces… había que definir fecha, pero
también lugar. Google nos había recomendado un “teatro para no actores”, que se
llamaba “Teatro Creativo”. Había un curso intensivo de cuatro clases para febrero.
¿Qué podía fallar? Cuatro clases de dos horas cada una. Si no nos gustaba, a
otra cosa…
¿Qué podía pasar después? Llegaba
el día del after con el grupo de Inglés. En un momento en el medio de la noche…
teníamos que contar de nuestro proyecto y ganar más convocatoria. No queríamos
ser sólo nosotros dos. Y teníamos una aliada. Era J. La miramos fijo y le
dijimos:
A: J, tenemos que contarte
algo.
J: Ay, chicos, no me asusten.
¿Quién se puso de novio?
Rápidamente le contamos que
teníamos una idea muy loca. Esa idea era comenzar un proyecto artístico. Cuando
hablamos de artístico… muchos piensan en cantar, pero no… era hacer teatro. J
no se empezó a querer sacar más información. Sorprendentemente, a ella también
le gustaba la idea. Cuando nos percatamos de eso, casi la hacemos entrar a Mercado
Pago para que pague la seña de reserva de vacante. Le hicimos que nos prometa
que lo iba a pagar. Yo no lo creía, pero después mandó captura del pago. Nos
pusimos muy contentos…
El día estaba por llegar… y yo
no sabía dónde meterme. Hacía exactamente quince años que no hacía teatro. Bah…
si lo que les conté en la primera parte podía ser teatro. Ese martes en el que
comenzamos nos dijeron que teníamos que estar a las 19 hrs para arrancar. Creo
que llegué como a las 18:30 hrs. Uds ya saben cómo soy. El amable señor de seguridad
me dijo que era bastante temprano. Que esperara un rato. Cuando por fin se hizo
la hora… subí a aquel piso en las alturas y toqué el timbre del departamento del
estudio. Me recibió E. Fui el primero en llegar, claro. Subí con N, que fue la
única clase que fue. La música estaba al palo y la energía de E resultaba
increíble.
Las clases de febrero fueron
cuatro. Los avances fueron abismales. La diversión estuvo a la orden del día.
Salíamos de la clase tan contentos que seguíamos actuando. No hubo día que hiciéramos
salida para comer (o beber) luego de esa jornada. En febrero éramos muchos y
sólo nos íbamos a ver durante cuatro clases. La actividad del primer día era un
juego en el que E nos proponía recordar nuestros nombres. Debe haber sido una
de las pocas veces en mi historia que me acuerdo de tantos nombres en tan poco
tiempo. Ni siquiera en ese cambio de trabajo que les conté me aprendí los
nombres de mis compañeros tan rápido.
Cuando terminó la experiencia
febrero… podíamos optar por continuar los lunes, los martes o los sábados. En
el transcurso de todo esto que les cuento, C empezó a salir con un chico y
quería anotarse el mismo día que ese chico. Es como que… ahora te quedás solo.
Qué decirles. Es mi amiga. Prefirió anotarse conmigo y cambió de día sus clases
de potery. Más tierna.
En el comienzo de marzo… por
la televisión pasaban sobre un virus en China, que comenzaba a expandirse por
Europa. Poco tiempo después, la Organización Mundial de la Salud lo caracterizaba
de pandemia. En Argentina, estábamos bien. El ministro de Salud salía en conferencia
a decirnos que no había chance de que el virus ingresara a nuestro país. Así
que nosotros en teatro jugábamos un poco con la idea de una persona que viene
de Europa con el virus. Algunos días después, ya no se iba a poder joder más
con el virus. Nuestro presidente anunciaba un proceso de aislamiento
preventivo, solidario y obligatorio para todos nosotros. En Twitter comenzaban
esos hashtags #QuedateEnCasa. En el trabajo nos mandaban a trabajar desde casa.
En la facultad, comenzaba a cursarse en
modalidad virtual. La maestría postergaba el inicio de clases, al igual que
inglés. Faltaba teatro… que al poco tiempo nos escribía un correo diciéndonos
que se suspendían las clases hasta nuevo aviso.
Días después ya estábamos
teniendo clases de teatro virtuales. Aunque las primeras eran propuestas como
charlas para vernos y saber cómo estábamos pasando ese momento distinto.
Teníamos que sentirnos un poco más cerca. El tiempo siguió pasando y las
cuarentenas extendiéndose. No volvíamos, pero los encuentros comenzaban a tomar
forma y se convertían en juegos. Seguíamos sin volver, y los encuentros
comenzaban a convertirse en clases en serio. Improvisábamos por Zoom. Quién iba
a pensarlo.
Me pone muy triste contarles
sobre esto. Y por eso lo hago sobre el final. Los encuentros, los juegos y
clases no tenían ningún costo, pero el equipo creativo seguía teniendo muchos
costos por detrás. Son personas como nosotros y tenían que seguir viviendo. Con
la expectativa de que el regreso de actividades artísticas presenciales iba a
estar muy lejano en el tiempo, M (director de la escuela) nos anunciaba el
cierre de Teatro Creativo. No existe descripción para las caras que tenían todos
los alumnos que habían podido conectarse en ese momento.
No ampliaré demasiado más
porque no me pone contento el cierre, pero espero haberles podido transmitir lo
feliz que fui en cada uno de esos momentos antes, durante y después. Ojalá
pudieran sentir esa misma sensación después de una clase de teatro. A veces
cuando algo no se puede explicar con demasiada claridad es porque realmente estuvo
bueno. Cuando no podés explicar lo que sentís, es amor.
Lo mejor está por venir
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