miércoles, 8 de julio de 2020

UN GOLPE BAJO EN CUARENTENA – primera parte


Hoy en Argentina es el día previo a un nuevo aniversario por nuestra Independencia. Por lo tanto, podrán imaginarse que es un miércoles casi viernes, lo cual permite tomarse estos momentos pacíficos para escribir algunas líneas.


La historia de hoy no es ficción y está basada en hechos reales. Es una historia que está creada con mucho potencial, que tuvo un fuerte altibajo, pero que está lista para seguir adelante, con mucha más potencia que en el arranque.


Hace varios años, aunque no tantos, trabajaba en atención al público de un banco. Avenida Corrientes y San Martín, pleno Microcentro porteño. Estaba superando el año desde mi ingreso al banco y de lidiar todos los días y durante cinco horas con clientes. Muchos de los que me conocen saben que tengo mucha paciencia, pero considero que todos en algún momento dejamos de ser pacientes. Esta situación suele darse particularmente cuando los momentos en los que uno trata de tener paciencia comienzan a repetirse. Suena feo, ¿no? El mismo cliente que siempre viene a pedirte la misma ayuda luego de haberle explicado en reiteradas oportunidades con mucha amabilidad y dedicación cómo realizar cierta transacción. O aquel que se acerca con una problemática que tal vez no se puede resolver en lo inmediato, pero aún así vos tenés que estar ahí porque sos la cara visible de la organización. Con estas situaciones y con estos argumentos me sentaba con mi líder de aquel momento a plantear un pase interno a una posición que no estuviera relacionada con atención al público. Luego de aquel día, los días pasaban y los meses pasaban. Surgían algunas propuestas, pero eran bastante híbridas y dilatadas en el transcurso del tiempo.


Llegó el verano. Recuerdo estar en una pileta climatizada del otro lado del charco (vacaciones en Uruguay). Solo. Eran cerca de las 20 hrs. Comenzaba a anochecer. Recuerdo un edificio cercano a esa pileta que, en su terraza, tenía una luz parpadeante que cambiaba de colores todo el tiempo. Si recuerdo el orden de los colores, sería una persona demasiado detallista. Tranquilos. No los recuerdo. En ese momento en el que estaba solo, la cabeza te invita a la reflexión. Pensás en lo que sucedió, y en lo que está por venir. Y también pensás en tu futuro laboral, aunque estés de vacaciones. La cabeza no se desconecta tan explícitamente aunque estés de vacaciones. El banco no me proponía una alternativa en lo inmediato. La atención al público estaba comenzándome a pesar. Leía muchas búsquedas (antes de las vacaciones) en las que uno de los requisitos que siempre predominaba era el dominio del idioma inglés. En todas las búsquedas se encontraba inglés a la orden del día. Mi inglés era lo que aprendí en la secundaria. Uds sabrán qué tan básico es. En aquel tiempo, hablaba mucho con P y definimos anotarnos juntos en los cursos súper económicos que brinda la Secretaría de Extensión Universitaria en la Facultad de Medicina de UBA. Llegó el día en que íbamos a saber sobre los días y horarios. P estaba en la lista y yo no. Tal vez ese destino al que uno muchas veces se refiere no quería que comenzara inglés en Fmed.


Previo a tomar la definición de Fmed, habíamos hecho con P un estudio de campo de otras alternativas. El camino en ese momento era que no lo hiciéramos juntos. Llegó el día después. Estaba muy enojado conmigo mismo. No estaba gestionando acciones que me hicieran lograr lo que tenía ganas de hacer. Esa misma tarde salí de la sucursal. Me habían rotado. Estaba en Avenida Corrientes y Uruguay. Comencé a caminar. Algunas cuadras. Hasta llegar a la sede Centro del Centro Universitario de Idiomas, en la calle Junín. Fui a hacer el examen de nivelación y ese mismo día me anoté. Era un poco pretensioso. Quería estudiar cerca de casa, así que me anoté en la sede Agronomía, pero había un problema… las clases en Agronomía eran los martes y… ¡ese día era martes! Las clases arrancaban a las 18 hrs y eran las 18:15 hrs. Los que me conocen saben que no iba a resistirme en perder la primera clase de inglés y arrancar la próxima. Me tomé el subte, luego el tren y luego caminé toda Agronomía hasta la sede donde tenía las clases. Me miraron un poco raro cuando entré tanto tiempo después. Estaba contento de haber llegado.


En el banco había logrado que me “promocionaran”. Tiempo después comenzaba a trabajar en Control de Gestión. En CDG, los horarios no eran iguales que en la sucursal y no pude para siempre mantener los martes en Agronomía. Sin embargo, quería seguir cursando cerca de casa. Después de un año de cursada… me anoté los sábados. Recuerdo esa primera clase de sábado… cuando entré estaba K ahí. Todavía compartimos grupo de Whatsapp con ella. Unos minutos después entraba un masculino (parezco policía), flaco y con lentes de sol. Y arrancó a hablar en inglés. Era el profesor…


Algunas clases después nos enteramos de que nuestro profesor era actor. ¡y nos quería invitar a una de sus obras de teatro! A la primera no pude ir (lamenté no haber ido), pero en la segunda estuvimos presentes un montón de nuestro grupo de inglés, y también de otros grupos de inglés del CUI. Con C quedamos fascinados y, en las siguientes clases de inglés, empezábamos a jodernos con que teníamos que abrir el telón y subir al escenario. En lo personal, tuve teatro durante un año en la escuela primaria. Y mi rol era leer las frases “entre telones”. ¿Vieron esas frases en off en las que se cuenta una pequeña parte de la historia y luego salen los personajes? Así de triste era mi rol en teatro de primaria. Tal vez la “seño” de aquel momento no me veía mucho futuro. Yo tampoco estaba muy convencido. De más pequeño participaba en todos los actos escolares (todos participábamos), pero estaba llegando a la edad en la que me empezaba a dar vergüenza. Algo que suele ser normal cuando arrancás esa período pre-adolescente.



Profe de inglés actor. Habíamos ido a su obra. De a poco comenzábamos a imaginarnos detrás del telón y enfrente de mucha gente. Porque soñar es lindo. Comenzaban unas nuevas vacaciones de verano y nuestro grupo de inglés estaba un poco apagado. Los que me conocen ya saben que no tuve mejor remedio que activarlo. Fanático de los after office y de ver gente, no iba a faltar oportunidad para vernos con el grupo de inglés, que se encontraba un poco abandonado. Definimos como punto de encuentro un bar de la zona de Agronomía. Seguro lo conocen… tiene sucursales en lugares tantos. Se llama “Rotterdam” y lo extraño una banda. No estoy preparado para soportar otra pérdida.


Días antes de esta salida que comencé a contarles, comenzamos un diálogo más cercano con C y retomamos nuestra ferviente idea de comenzar teatro juntos. Los que me conocen saben que me gusta poner fechas de comienzo a los proyectos, dado que si no hay fecha de comienzo, el proyecto no se concreta. Entonces… había que definir fecha, pero también lugar. Google nos había recomendado un “teatro para no actores”, que se llamaba “Teatro Creativo”. Había un curso intensivo de cuatro clases para febrero. ¿Qué podía fallar? Cuatro clases de dos horas cada una. Si no nos gustaba, a otra cosa…


¿Qué podía pasar después? Llegaba el día del after con el grupo de Inglés. En un momento en el medio de la noche… teníamos que contar de nuestro proyecto y ganar más convocatoria. No queríamos ser sólo nosotros dos. Y teníamos una aliada. Era J. La miramos fijo y le dijimos:


A: J, tenemos que contarte algo.
J: Ay, chicos, no me asusten. ¿Quién se puso de novio?


Rápidamente le contamos que teníamos una idea muy loca. Esa idea era comenzar un proyecto artístico. Cuando hablamos de artístico… muchos piensan en cantar, pero no… era hacer teatro. J no se empezó a querer sacar más información. Sorprendentemente, a ella también le gustaba la idea. Cuando nos percatamos de eso, casi la hacemos entrar a Mercado Pago para que pague la seña de reserva de vacante. Le hicimos que nos prometa que lo iba a pagar. Yo no lo creía, pero después mandó captura del pago. Nos pusimos muy contentos…


El día estaba por llegar… y yo no sabía dónde meterme. Hacía exactamente quince años que no hacía teatro. Bah… si lo que les conté en la primera parte podía ser teatro. Ese martes en el que comenzamos nos dijeron que teníamos que estar a las 19 hrs para arrancar. Creo que llegué como a las 18:30 hrs. Uds ya saben cómo soy. El amable señor de seguridad me dijo que era bastante temprano. Que esperara un rato. Cuando por fin se hizo la hora… subí a aquel piso en las alturas y toqué el timbre del departamento del estudio. Me recibió E. Fui el primero en llegar, claro. Subí con N, que fue la única clase que fue. La música estaba al palo y la energía de E resultaba increíble.


Las clases de febrero fueron cuatro. Los avances fueron abismales. La diversión estuvo a la orden del día. Salíamos de la clase tan contentos que seguíamos actuando. No hubo día que hiciéramos salida para comer (o beber) luego de esa jornada. En febrero éramos muchos y sólo nos íbamos a ver durante cuatro clases. La actividad del primer día era un juego en el que E nos proponía recordar nuestros nombres. Debe haber sido una de las pocas veces en mi historia que me acuerdo de tantos nombres en tan poco tiempo. Ni siquiera en ese cambio de trabajo que les conté me aprendí los nombres de mis compañeros tan rápido.


Cuando terminó la experiencia febrero… podíamos optar por continuar los lunes, los martes o los sábados. En el transcurso de todo esto que les cuento, C empezó a salir con un chico y quería anotarse el mismo día que ese chico. Es como que… ahora te quedás solo. Qué decirles. Es mi amiga. Prefirió anotarse conmigo y cambió de día sus clases de potery. Más tierna.


En el comienzo de marzo… por la televisión pasaban sobre un virus en China, que comenzaba a expandirse por Europa. Poco tiempo después, la Organización Mundial de la Salud lo caracterizaba de pandemia. En Argentina, estábamos bien. El ministro de Salud salía en conferencia a decirnos que no había chance de que el virus ingresara a nuestro país. Así que nosotros en teatro jugábamos un poco con la idea de una persona que viene de Europa con el virus. Algunos días después, ya no se iba a poder joder más con el virus. Nuestro presidente anunciaba un proceso de aislamiento preventivo, solidario y obligatorio para todos nosotros. En Twitter comenzaban esos hashtags #QuedateEnCasa. En el trabajo nos mandaban a trabajar desde casa.  En la facultad, comenzaba a cursarse en modalidad virtual. La maestría postergaba el inicio de clases, al igual que inglés. Faltaba teatro… que al poco tiempo nos escribía un correo diciéndonos que se suspendían las clases hasta nuevo aviso.


Días después ya estábamos teniendo clases de teatro virtuales. Aunque las primeras eran propuestas como charlas para vernos y saber cómo estábamos pasando ese momento distinto. Teníamos que sentirnos un poco más cerca. El tiempo siguió pasando y las cuarentenas extendiéndose. No volvíamos, pero los encuentros comenzaban a tomar forma y se convertían en juegos. Seguíamos sin volver, y los encuentros comenzaban a convertirse en clases en serio. Improvisábamos por Zoom. Quién iba a pensarlo.


Me pone muy triste contarles sobre esto. Y por eso lo hago sobre el final. Los encuentros, los juegos y clases no tenían ningún costo, pero el equipo creativo seguía teniendo muchos costos por detrás. Son personas como nosotros y tenían que seguir viviendo. Con la expectativa de que el regreso de actividades artísticas presenciales iba a estar muy lejano en el tiempo, M (director de la escuela) nos anunciaba el cierre de Teatro Creativo. No existe descripción para las caras que tenían todos los alumnos que habían podido conectarse en ese momento.


No ampliaré demasiado más porque no me pone contento el cierre, pero espero haberles podido transmitir lo feliz que fui en cada uno de esos momentos antes, durante y después. Ojalá pudieran sentir esa misma sensación después de una clase de teatro. A veces cuando algo no se puede explicar con demasiada claridad es porque realmente estuvo bueno. Cuando no podés explicar lo que sentís, es amor.


Lo mejor está por venir 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario